Narraciones y esbozos

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Capítulo VIII

Por la noche, se dio aún más cuenta de lo loco que estaba; se encontró con Delangle en el foyer de la Ópera y este lo saludó. Notó un impulso de terror y el vozarrón del provinciano, tan poco hecho para llegar al alma, le retumbó hasta lo más hondo de la suya. Delangle le estaba diciendo:

—¿No va a ver a mi hermana? Está en su palco.

Pese a sus resoluciones, Féder se convenció de que estas palabras le creaban una obligación, que, si no aparecía por el palco de la señora Boissaux, llamaría la atención. Entró, pues, en el palco. Por fortuna, halló en él a varias personas; estuvo de lo más callado y torpe.

«Ya que no hablo —se decía—, puedo entregarme por completo a la dicha». No sé qué recién llegado de Toulouse, que había oído decir que los hombres llevaban a veces frascos de sales, compró un frasco enorme, casi como una botella pequeña, y mandó que se la llenaran de sales de vinagre. Al llegar al palco, movió el tapón del frasco y cundió el olor a vinagre de forma tal que incomodó a cuantos había en el palco.

—¡Y a usted que le ponen enfermo los olores, señor Féder! —le dijo Valentine.


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