Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Al día siguiente, a las dos, como estaba acordado, Féder se presentó en uno de los más elegantes hoteles de la calle de Rivoli, en donde se alojaban los señores Boissaux. El lacayo, que no se enteró de por quién preguntaba Féder, lo condujo ante un hombre de elevada estatura, aunque muy grueso ya. Los rasgos rubicundos de aquella persona no indicaban más de treinta y seis o treinta y ocho años; tenía ojos grandes y muy hermosos, aunque inexpresivos; esa persona de tan hermosos ojos, y que estaba orgullosa de ellos, era el señor Boissaux. Tenía tanto miedo de parecer ridículo que no había dormido la primera noche de su llegada a París. Para empezar con buen pie dentro de esa categoría, treinta horas después de su llegada, el sastre más de moda, en opinión de su mayordomo le plantó encima del corpulento cuerpo el traje más exagerado que pudieran llevar en aquellos momentos los jóvenes más esbeltos del Club-Jockey.