Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Cuando el abogado de la prudencia se empeñó en volver a repetir en el fondo del alma de Roizand aquellas palabras fatales, «treinta y cinco años», el partido de la esperanza y de la dicha respondió:
«¿Y no soy yo acaso un hombre maduro? ¿No acaban de demostrármelo con toda claridad las hermosas romanas?».
Esa misma noche, mientras miraba unas estampas nuevas de Perfetti con la duquesa, permitió que su mano se tropezase con la de ella. La duquesa le lanzó una mirada breve, pero con una expresión de asombro tan sencilla y tan ajena al teatro que Roizand habría debido entender que se estaba equivocando.
Pero, antes bien, se permitió esa noche tres o cuatro miradas que no podían sino con dificultad entenderse como una simple expresión de alegría y campechanería.
Al día siguiente tuvo con ella muchísimas atenciones.
Al día siguiente sus miradas hablaban con mucha claridad.
Al día siguiente, la señora de Vaussay le mostraba gran frialdad y, de no haber sido por su extremada cortesía, se habría comportado con él con impaciencia. Le daba mucha pena perder un amigo.