Narraciones y esbozos

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Capítulo II

Mina acabó por salir menos a menudo; andaba dando vueltas por aquellas espléndidas estancias, obra maestra de la magnificencia de su padre, punto de cita antaño de la sociedad más selecta y tan solitarias ahora. El suntuoso palacete que construyó Pierre Wanghen se alza en el extremo norte de Frédéric-Gasse, esa hermosa calle de Kœnigsberg que tanto llama la atención a los forasteros por todas esas escaleras de las fachadas, de siete u ocho peldaños, que irrumpen hasta la calle y conducen a la puerta de entrada de las casas. Las barandillas de esas breves escaleras, de limpieza rutilante, son de hierro colado, de Berlín, me parece, y muestran toda la belleza un tanto extraña de los dibujos alemanes. En conjunto, esos adornos sinuosos no resultan desagradables, tienen la ventaja de ser algo nuevo y entonan a la perfección con las ventanas de la planta noble, que, en Kœnigsberg corresponde a esa planta baja que se halla a cuatro o cinco pies por encima del nivel de la calle. Las ventanas cuentan en la parte inferior con un chasis de quita y pon y llevan telas metalizadas que causan un efecto bastante singular. Esos tejidos brillantes, que les resultan muy apañados a las señoras, son impenetrables para el transeúnte, a quien deslumbran las chispitas que suelta la pantalla metalizada. Y los caballeros no ven en absoluto el interior de las estancias, mientras que las señoras, que hacen labor junto a las ventanas, ven perfectamente a los transeúntes.


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