Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Mina estuvo espléndida en su debate con el abogado Willibald. En el debate con su madre el respeto habÃa atenuado el vigor de las réplicas. El abogado cometió la imprudencia de no encerrarse en la imposibilidad material del asunto; como era aficionadÃsimo al énfasis, igual que todos los abogados de este mundo, tuvo la torpeza de argumentar que el proyecto en cuestión era ilegÃtimo.
—¿Y a quién puede perjudicar? —dijo Mina.
—A usted, señorita.
—¿Y no soy acaso juez de lo que le conviene a mi felicidad?
—Pero, señorita, ¡las leyes nunca han contemplado un hecho asÃ!
—¿Y qué se me da a mà de las leyes? Por lo demás, según los propios preceptos de usted, todo cuanto no prohÃben está permitido.
La controversia fue acalorada; cuanto más se liaba el abogado, más hablaba. Willibald[61] acabó por marcharse so pretexto de que el correo de BerlÃn lo apremiaba.