Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Acababa de aplazarse hasta el día siguiente la sesión del tribunal de lo criminal; la señora condesa de Précilly bajaba por las escaleras, góticas a medias, de este amplio palacio del Renacimiento que los antiguos delfines de Borgoña dejaron en manos de la corte real de ***. Estaba conmovida; asistía junto con la flor y nata de la ciudad al juicio criminal de un desventurado joven que le había descerrajado un tiro de escopeta a una amante a la que adoraba. La vida de la muchacha corría aún grave peligro. Pero en sus declaraciones se notaba claramente que estaba enamorada del asesino. «¡Bien pensado, qué cosa tan singular es el amor!», pensaba Armandine de Précilly mientras bajaba por aquellas escaleras góticas haciendo por no apoyarse en el brazo del caballero de Marcieux, un ridículo enojoso y muy educado, que se las daba de enamorado suyo. «Si hay algo que no se parezca al amor es lo que siento por esta persona», pensaba mirando al caballero que, por intentar sujetarla, iba pisando, con riesgo de romperse la crisma cien veces, por la parte estrecha de la escalera de caracol.