Rojo y blanco
Rojo y blanco Pero después de este destello de su pensamiento, Leuwen cayó nueva y rápidamente en aquella estupidez que recibe el nombre de amor a lo correcto y debido, por lo menos en lo que concierne a los detalles. Había pronunciado algunas frases que resumían todas las observaciones útiles realizadas durante su viaje; tuvo que hacer un gran esfuerzo sobre sí mismo para no decir al ministro cosas que estaban evidentemente mal y que fácilmente podían conducir al bien. No sentía ningún interés de vanidad, sabía perfectamente la clase de juez que era el señor de Vaize para todo aquello que de cerca o de lejos, tuviera relación con la lógica y claridad de la exposición. Por aquel tonto amor a la justicia, poco perdonable en un hombre cuyo padre posee una carroza, Leuwen hubiese querido corregir tres o cuatro abusos que no proporcionaban ni un centavo al señor ministro. No obstante, era lo suficientemente civilizado para sentir un mortal terror a que su amor por la justicia le hiciera salirse de los límites que el tono del ministro parecía querer dejar establecidos en sus relaciones con él.
«¡Qué vergüenza no sentiré, si hablando con un funcionario que ostenta un cargo tan por encima de mí, le hablo de cosas y medidas útiles, y él me contesta únicamente con detalles y frases vacías!».
Leuwen dejó que la conversación se extinguiera por si misma, y salió del despacho del ministro casi huyendo.