Rojo y blanco

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—Francia puede sentirse contenta —dijo Leuwen alegremente—, por el hecho de que estos pillastres de ministros no sepan aprovechar debidamente las locuras de juventud que reciben el nombre de celo. Siento curiosidad por saber si un general en jefe trataría del mismo modo a un oficial que, en caso de una derrota, hubiese hecho poner pie a tierra a un regimiento de dragones para lanzarlo al asalto de una batería que enfilase la carretera general y causase una mortandad entre las tropas.

Después de largas consideraciones, Leuwen manifestó a Coffe que no tenía intención alguna de casarse con ninguna pariente del ministro, y que, por lo tanto, no tenía por qué pedirle nada.

—Pero, entonces —dijo Coffe extrañado—, ¿cuál era la causa de las atenciones con que el ministro te distinguía antes de tu misión? Y ahora, después de las cartas que habrá recibido del señor de Séranville, ¿por qué no te aplasta definitivamente?

—Tiene miedo del salón de mi padre. Si no tuviera yo por padre al hombre de inteligencia más temible de París, me habría sucedido lo mismo que a ti, y jamás hubiera podido salir de la enorme desgracia en que nos habría colocado nuestro republicanismo de la Escuela Politécnica… Pero, dime, ¿crees que un gobierno republicano sería tan absurdo como éste?


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