Rojo y blanco
Rojo y blanco —Eso serÃa una cosa que nuestra gente no podrÃa llegar a creerla jamás. El señor de La Fayette ha hecho algo semejante durante cuarenta años, y constantemente ha estado bordeando el ridÃculo. Nuestro pueblo se halla demasiado atacado por la gangrena para comprender cosas como ésta. Para las tres cuartas partes de los habitantes de ParÃs, el señor de La Fayette habrÃa sido un personaje admirable si hubiese robado cuarenta millones. Si yo renunciara a una cartera ministerial y montase mi casa de forma que gastase cien mil escudos anuales, y comprase tierras (lo que demostrarÃa que no me estaba arruinando), despertarÃa confianza al tiempo que todos reconocerÃan mi inteligencia, y mantendrÃa una especie de superioridad sobre todos los semi-pillos que van a empezar a disputarse el acceso al ministerio.
»Si no puedes contestar a mi pregunta: ¿Qué puedo cobrarme? —dijo a su hijo riendo—. Te consideraré como un ser sin imaginación, y no tendré otro remedio que hacer ver que no me encuentro demasiado bien de salud, e irme a pasar una temporada de tres meses a Italia, para que el ministerio pueda constituirse sin mÃ. Al regreso, habré desaparecido por completo de la escena polÃtica, pero no habré caÃdo en el ridÃculo.