Rojo y blanco

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La señora Grandet no creía en modo alguno que la gente se diera cuenta de la detestable manía de mostrarse espiritual, sin serlo, que dominaba a su marido; jamás un hombre había recibido de la Naturaleza una imaginación más limitada por todo lo que no fuera dinero contante y sonante, resultado de una cotización. Todo lo que se le decía le parecía a él, verdadero comerciante, una charlatanería destinada a divertir a un posible comprador.

Desde hacía cuatro o cinco años, el señor Grandet, aguijoneado por el deseo de aparentar y queriendo emular al señor Thourette, daba fastuosas fiestas, y su esposa se veía rodeada de una turba de gente que la colmaba de halagos. Un día, un infeliz hombre inteligente, pobre y no demasiado atractivo, el señor Gamont, se había atrevido a no compartir la opinión del señor Grandet sobre la belleza de la catedral de Auch. Éste le había expulsado de su casa inmediatamente con una grosería, con un triunfo bárbaro de los escudos sobre la pobreza, que incluso había impresionado a la señora Grandet. Algunos días más tarde, ésta había mandado una carta anónima, adjuntando a ella, bajo pretexto de una restitución, quinientos francos al señor Gamont, el cual, tres meses después, cometió la bajeza de aceptar una nueva invitación a cenar del señor Grandet.


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