Rojo y blanco

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—Con alguna firmeza de carácter que un corazón que sabe aspirar a las más elevadas posiciones soporta toda clase de dolores que procedan de sentimientos vulgares, es un género de desgracia que un alma noble soporta con despecho, es de aquel que se equivoca en un cálculo. Y, señora, lo digo lamentándolo mucho y únicamente porque usted me obliga a ello, que quizás usted se ha… equivocado en el papel que su alta sabiduría había querido destinar a mi inexperiencia. Éstas son, señora, las palabras desagradables, para los dos, que pretendía ahorrarle a usted, y en ello consideraba comportarme como un hombre honesto, lo confieso, pero usted me está acosando hasta mis últimas trincheras, hasta mi despacho…

Luciano hubiera podido continuar hasta el infinito esta justificación excesivamente fácil. La señora Grandet estaba aterrada. Los dolores que sufría su orgullo hubieran sido atroces si, felizmente para ella, un sentimiento menos indigno no la hubiese ayudado a soportarlos. Al oír pronunciad las palabras fatales aspiración a un ministerio, la señora Grandet se había cubierto los ojos con un pañuelo. Poco después, Luciano creyó observar en ella ciertos movimientos convulsivos que la obligaban a cambiar de posición en aquel inmenso sillón dorado del ministerio. A su pesar, Luciano prestó atención a ellos.


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