Rojo y blanco
Rojo y blanco Empezaban a distinguirse las primeras luces del alba; había encontrado un par de centenares de francos en los bolsillos de los dos muertos y continuaba su registro cuando vio que se acercaban dos campesinos. Pensó en hacerse pasar por herido, fue a buscar su caballo y regresó junto a los campesinos; pero se dio cuenta que si éstos le creían debilitado por alguna herida, eran muy capaces de tratarle del mismo modo que él había tratado a los muertos. Inmediatamente se curó, y los campesinos retornaron a sus sentimientos naturales; uno de ellos se comprometió, mediante una pastra pagada cada mañana y otra cada tarde, a acompañarle hasta el Bidasoa, pequeño río que, como es sabido, delimita la frontera entre España y Francia.
Ménuel era completamente feliz. Pero apenas llegado a Francia empezó a imaginarse (era hombre de imaginación) que los gendarmes con quienes se encontraba le miraban de forma extraña. Fue a caballo hasta Béziers y allí lo vendió para tomar la diligencia de Lyon; pero sus fondos disminuían rápidamente. Unas veces en barco de vapor y otras a pie, consiguió llegar hasta Dijon y algunos días después a Colmar. A su llegada a esta hermosa ciudad no le quedaban más que cinco francos. Reflexionó: