Rojo y blanco

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—¡Pues qué! —dijo de repente el doctor—, usted, hombre bien nacido, de costumbres y modales elegantes, poseedor de una considerable fortuna y de una bella posición en el mundo, una educación cuidada, usted, ¡lanzado en el innoble justo media! Usted verse convertido en su soldado, haciendo sus guerras, no la verdadera guerra en la que incluso sus miserias tienen grandeza y encanto para los corazones generosos, sino la guerra hecha como un gendarme, la guerra de los tomatazos, contra unos desgraciados obreros que mueren de hambre; para ustedes, la expedición de la calle de Transnonain es una batalla de Marengo…

—Mi querido caballero —dijo Luciano al doctor Billars, que estaba escandalizado y se creía obligado a defender al justo medio—, mi querido caballero, desearía poder hablar con el doctor sobre algunas cosas de mi infancia relacionadas con la Medicina, y las cuales tendré mucho gusto en confiarle en cualquier otra ocasión; pero hay cosas, como comprenderá, que no pueden ser dichas más que a una sola persona cada vez, etc., etc.

A pesar de una declaración tan explícita, Luciano experimentó todas las dificultades del mundo en hacer que el caballero dé Billars se marchara, ya que éste sentía una viva comezón por hablar de política y, además, Luciano sospechaba, con razón o sin ella, que se podía tratar de un espía.


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