Rojo y blanco
Rojo y blanco —Asà es, señor; de lo contrario caerÃamos en los horrores de la democracia. Un hombre inteligente se verÃa obligado, bajo pena de muerte, a mostrarse excesivamente amable con el fabricante de cerillas, vecino suyo. Nuestras familias nobles y distinguidas, la esperanza de Francia, las únicas que poseen sentimientos generosos e ideas elevadas, viven en el campo en los momentos actuales, y tienen muchos hijos; ¿debemos ver su fortuna dividida, fragmentada entre todos los hijos? En este caso, no tendrÃan tiempo ni posibilidades para alcanzar sentimientos distinguidos, de elevarse hasta los altos pensamientos; no pensarÃan más que en el dinero, se convertirÃan en viles proletarios, como los hijos del impresor de al lado. Y, por otra parte, ¿qué sucederÃa con los hijos menores, y cómo colocarles de subtenientes en el ejército, después del robo que se ha cometido con estos malditos suboficiales?
»Pero éste es un asunto a tratar más adelante, una cuestión secundaria; no se puede volver a la monarquÃa si no es organizando sólidamente la Iglesia, teniendo por lo menos un sacerdote para que contenga a cien campesinos, a los que vuestras leyes absurdas convierten en anarquistas. Se podrÃa colocar, pues, en la Iglesia, por lo menos a uno de los hijos de todo buen gentilhombre, del mismo modo como se hace en Inglaterra.