Rojo y blanco

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Por ejemplo, la misma mañana del día del baile, el señor de Pontlevé le había hecho una escena muy seria por la indiferencia con que ella había leído una carta en la que se anunciaba una bancarrota. Y unos momentos más tarde, el encuentro en la calle con una mujer menuda, vieja, que andaba con dificultad, mal vestida hasta el punto de dejar entrever una camisa hecha jirones, y debajo de aquella camisa, una piel ennegrecida por el sol, la había emocionado hasta hacerle verter lágrimas. Nadie en Nancy había adivinado cuál era su carácter; su amiga íntima, la señora de Constantin, recibía alguna vez sus confidencias y con frecuencia se burlaba de ella.

Con todo el resto del mundo, da señora de Chasteller hablaba lo bastante para proporcionar algo eventual a la conversación; pero el hablar era siempre algo muy penoso para ella.

Una sola cosa añoraba de París, la música italiana, que tenía el poder de aumentar de forma sorprendente la intensidad de sus accesos de ensoñación. Pensaba muy poco en sí misma, e incluso en el baile que describimos no había podido desempeñar el papel que debía interpretar para proporcionarse la suficiente cantidad de honesta coquetería que el vulgo cree inherente al modo de ser de toda mujer.


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