Rojo y blanco

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A las palabras de la señora de Chasteller, Luciano se convirtió en otro hombre. Por medio de la noble mirada que se dignaba detenerse en él, creyóse liberado de todos los lugares comunes que le hastiaban, y que en Nancy son todavía el elemento esencial de las conversaciones entre personas que se ven por octava o décima vez. De repente, se atrevió a hablar, y lo hizo extensamente. Habló de todo aquello que podía interesar o divertir a la joven, mientras daba el brazo a su primo, que se dignaba escucharle con ojos atónitos. Sin perder nada de su dulzura ni de su acento respetuoso, la voz de Luciano se hizo más clara y persuasiva. No le faltaron ya los pensamientos límpidos y agradables, ni las palabras vivas y pintorescas. En la noble simplicidad del tono que se atrevió a adoptar espontáneamente con la señora de Chasteller, supo hacer aparecer, sin permitirse nada que pudiese molestar la delicadeza más escrupulosa, aquel matiz de, familiaridad delicada que conviene a dos espíritus del mismo valor, cuando se encuentran y se reconocen en medio de esas máscaras que forman la innoble mascarada a la que se llama mundo. Así deben hablarse los ángeles, cuando salen del cielo para alguna misión y se encuentran, por casualidad, aquí abajo, en la tierra.




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