Rojo y blanco
Rojo y blanco Lector benévolo:
Al llegar a París, debo realizar ímprobos esfuerzos para no caer en favoritismos. No es que no me guste mucho la sátira, pero al fijar la mirada del lector sobre la grotesca figura de algún ministro, el corazón de este lector hace bancarrota por el interés que quiero inspirarle hacia otros personajes. Esta cosa tan divertida, la sátira personal, no es conveniente pues, por desgracia, para la narración de una historia. Mi lector se hallaría ocupado en comparar mi retrato con el original grotesco, e incluso odioso, perfectamente conocido por él; le vería sucio o negro, tal como lo describirá la historia.
Las personalidades parecen encantadoras cuando son verdaderas y sin exageración, y es una tentación comprobar que lo que vemos al cabo de veinte años, ha sido realizado para sacarnos de cualquier duda que pudiéramos abrigar sobre ellas.
«¡Qué tontería, decía Montesquieu, calumniar a la Inquisición!». En nuestros días, habría dicho: «¿Cómo unir el amor al dinero, al temor de perder un empleo, y hacer cualquier cosa para poder adivinar el menor deseo del dueño, que es lo que constituye el alma de todos los discursos hipócritas de todo aquel que se traga más de cincuenta mil francos del presupuesto?».