Rojo y blanco
Rojo y blanco Fue curioso seguir por los diferentes despachos la correspondencia de aquel Fléron, del cual parecía que el conde de Vaize tuviera miedo. Se estaba entonces en plenas elecciones y en desarrollo los acontecimientos de España. La correspondencia del señor Fléron hablando de cosas de Nancy, le divirtió extraordinariamente; hablaba del señor de Vassigny, hombre muy peligroso, del señor Du Poirier, que lo era menos, y al cual podría captarse concediéndole una condecoración y un estanco para su hermana, etc. Aquellos pobres prefectos, que se morían de miedo ante un fracaso en las elecciones y exageraban las dificultades a los ministros, tenían la virtud de terminar con su estado melancólico.
La vida de Leuwen se desarrollaba así: seis horas por la mañana en el despacho de la calle de Grenelle, una hora cuando menos en la ópera por la noche. Su padre, sin decírselo, le había precipitado a un trabajo continuo.
—Es el único medio —decía la señora Leuwen— de parar en seco, si es que todavía nos hallamos a tiempo para ello, lo que estoy muy lejos de creer. Su absurda virtud sería lo único que le impediría dejarnos solos y, además, hay que tener en cuenta el amor a la vida, y la curiosidad de luchar contra el mundo.
Por afecto a su esposa, el señor Leuwen se había preocupado de resolver aquel problema.