Rojo y blanco
Rojo y blanco —Por lo que veo, declaras la guerra a los escasos cuartos de hora de libertad de que todavÃa puedo disponer. Sin que pueda reprochártelo, me has quitado · todos los momentos de mi vida; no se trata del pobre diablo ambicioso que trabaja tanto como yo, puesto que el trabajo es para él algo importante; por mi parte te garantizo que de seguir mis verdaderas inclinaciones, no se me verÃa en los salones ni en la Ópera más que cada quince dÃas. Ernesto tiene la ambición de su sillón de académico, el pillastre de Desbacs ansia convertirse en consejero de Estado, y esto les sostiene; yo no siento en todo dúo más placer que el de poderte probar mi agradecimiento. Lo que para mà constituirÃa la felicidad, serÃa poder vivir en Europa o en América, con seis u ocho mil libras de renta, cambiando de residencia o deteniéndome en una ciudad un mes o un año, según lo bien que me encontrara en ella. El charlatanerismo, indispensable en ParÃs, me parece ridÃculo y, no obstante, me pongo de mal humor cuando le veo triunfar. Incluso siendo rico es necesario representar una comedia y estar continuamente en la brecha; de lo contrario se te considera un ridÃculo. Y por mi parte, te aseguro que no busco la felicidad en la opinión que puedan tener los demás sobre mÃ; lo que me gustarÃa serÃa pasar en ParÃs seis semanas al año, para ver las novedades en cuadros, teatro, inventos y hermosas bailarinas. Llevando esta vida, la sociedad se olvidarÃa de mà y podrÃa vivir en ParÃs como un ruso o un inglés. En lugar de convertirme en el amante feliz de la señorita Gosselin, ¿no podrÃa realizar un viaje de seis meses de duración adonde tú quieras, a Kamschatka, por ejemplo, a Cantón, o a América del Sur?