Rojo y blanco
Rojo y blanco —Creo que vas mostrándote razonable, ¡qué el cielo sea alabado! Debes comprender que no soy una persona extravagante. Razonemos los dos juntos. El señor de Beausobre dispone de veinte, de treinta, quizá de cuarenta espías diplomáticos que pertenecen a la buena sociedad, y varios de ello a la alta nobleza; existen espías voluntarios, tales como de Perte, que tiene cuarenta mil libras de renta. La señora princesa de Vaudémont estaba a sus órdenes. Estas personas no carecen de tacto, pues han servido a diez o doce ministros, y la persona a quien vigilan con más cuidado es a su propio ministro. En otro tiempo, les he sorprendido celebrando conferencias sobre este tema. Incluso fui consultado por dos o tres que me debían dinero. Cuatro o cinco, el señor conde de N…, por ejemplo, al que tú ves en mi casa, cuando pueden enterarse de alguna noticia, quieren especular con los fondos públicos y no siempre disponen del dinero suficiente para cubrir la diferencia. De vez en cuando les presto estos pequeños favores, y en cantidades no muy elevadas. Finalmente, para decírtelo todo de una vez, hace quince días ha llegado a mis oídos que el señor de Beausobre alienta contra ti una cólera muda. Se asegura que no tiene corazón más que cuando hay algún cordón rojo que ganar a la vista. Quizá se halle avergonzado de haberse mostrado débil en presencia tuya. La realidad es que ignoro la causa de su odio, pero desde luego te hace el honor de odiarte.