Rojo y blanco
Rojo y blanco —Asà es como la profesión de militar lleva a una acción como la de la calle Transnonain. ¿Es preciso que el desventurado oficial que está esperando una guerra en un regimiento presente su dimisión en medio de las balas de una algarada popular?
—No, pardiez, y has hecho muy bien de dejarlo.
—Ahora estoy en la Administración. Sabes perfectamente que trabajo a conciencia desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Pasan diariamente más de veinte expedientes por mis manos, algunos de ellos de verdadera importancia. Si a la hora de cenar creo haber omitido u olvidado alguna cosa urgente, en vez de quedarme al amor del fuego, al lado de mi madre, regreso al despacho y me atraigo las maldiciones de los empleados de guardia, que no me esperan a aquellas horas. Para no causar ningún disgusto a mi padre y también por el miedo que me inspira tener que discutir con él, me he dejado arrastrar a aceptar esta horrible misión. Aquà me tienes, ocupado en calumniar a un hombre digno, al señor de Mairobert, con todos los medios de que dispone un gobierno; ¡estoy cubierto de barro y se me grita diciéndome que tengo el alma en mi cara! ¡Ah!
Leuwen se retorcÃa mientras intentaba estirar las piernas dentro de su calesa.