Rojo y blanco
Rojo y blanco —Señor Leuwen —dijo a continuación—, en todo lo referente a las elecciones, yo no tendré ningún secreto para usted, como espero no lo tendrá usted para mÃ. Pero ahora es ya demasiado tarde. Si hubiese venido usted hace dos meses, si el señor prefecto se hubiera dedicado a hacer más y a escribir menos, tal vez hubiésemos podido captarnos a las personas timoratas. Los ricos no aprecian demasiado al gobierno del rey, pero sienten un temor espantoso a la república. Ya podrÃan reinar Nerón, Caligula o el diablo, que le apoyarÃan únicamente por temor a la república, la cual no quiere gobernarnos según nuestras actuales inclinaciones, sino que pretende renovarnos, y esta manipulación del carácter francés exige unos Carrier y unos Joseph Le Bon. Estamos pues seguros, de los votos de la gente rica, irnos trescientos; podrÃan ser trescientos cincuenta, pero hay que tener en cuenta a unos treinta jesuitas y a unos quince o veinte propietarios, jóvenes o viejos, de buena fe, que votarán siguiendo las órdenes que les dé el señor obispo, quien a su vez está en contacto con el comité pro-Enrique V.