Rojo y blanco
Rojo y blanco En el curso de su reconocimiento del lugar, Luciano pasó tres veces por delante de la residencia de Sauves de Hoquincourt, cuyo jardín intercepta el paso del terraplén de las murallas; acababan de levantarse de la mesa; fue examinado atentamente por todo cuanto había de más puro, tanto por el nacimiento, como por el lado de los buenos principios. Los mejores jueces, el señor de Vassigny, teniente coronel, los tres hermanos Roller, el señor de Blancet y el señor de Antin, capitanes de caballería; los señores de Goello, Murcé y de Lanfort, todos dieron su opinión e hicieron su comentario. Aquella gente se aburría ese día menos que de costumbre; por la mañana, la llegada de un regimiento les había dado la oportunidad de poder hablar sobre la guerra y los caballos, únicos temas que junto con la pintura a la acuarela, son permitidos en provincias a los gentileshombres de cierta notoriedad e instrucción; por la tarde, tuvieron la voluptuosidad de poder ver de cerca y criticar a fondo a un oficial del nuevo ejército.
—El caballo de este pobre prefecto debe sentirse asombrado al verse montado con esa osadía —dijo el señor de Antin, el amigo de la señora de Hoquincourt.
—Este caballerete no hace mucho tiempo que monta, aunque lo hace bien —dijo el señor de Vassigny, un apuesto hombre de cuarenta años, de rasgos acusados y con aspecto de estarse muriendo de aburrimiento, incluso cuando bromeaba.