Rojo y negro

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Que nadie espere encontrar en Francia esos jardines pintorescos que rodean las ciudades manufactureras de Alemania, Leipzig, Fráncfort, Núremberg, etc. En el Franco Condado, cuantos más muros construye alguien, cuanto más eriza sus propiedades de piedras en hilera unas encima de otras, más se hace acreedor del respeto de los vecinos. Los jardines del señor de Rênal, repletos de muros, los admiran además porque compró a precio de oro algunas parcelitas del terreno que ocupan. Por ejemplo, ese aserradero de madera, cuya posición singular a orillas del Doubs le ha llamado al viajero la atención al llegar y donde se ha fijado en el apellido sorel escrito en letras gigantescas en un tablón que domina el tejado, ocupaba, hace seis años, el lugar en que ahora mismo están edificando el muro de la cuarta terraza de los jardines del señor de Rênal.

Pese a su altanería, el señor alcalde tuvo que tocar muchas teclas con el anciano Sorel, aldeano rudo y obstinado; tuvo que pagarle sus buenos luises de oro para conseguir que se llevase la fábrica a otra parte. En cuanto al arroyo público que hacía andar el aserradero, el señor de Rênal, merced a las influencias de las que disfruta en París, consiguió que lo desviaran. Ese favor le llegó tras las elecciones de 182…


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