Rojo y negro
Rojo y negro »¡Toda mi reputación por los suelos, destruida en un momento! —se decÃa Julien, mientras mirada arder la caja—. ¡Y no tengo más bienes que mi reputación, solo de ella vivo… y qué vida, por cierto, santo Dios!»
Una hora después, el cansancio y la compasión que por sà notaba lo predisponÃan a la blandura. Se encontró con la señora de Rênal y le tomó la mano, que besó con más sinceridad de la que nunca habÃa tenido al hacerlo. Ella se ruborizó de felicidad y, casi en ese mismo instante, rechazó a Julien con la ira de los celos. El orgullo de Julien, tan recientemente herido, lo convirtió en un necio en ese momento. Solo vio en la señora de Rênal a una mujer rica; le soltó la mano desdeñosamente y fue a pasear, pensativo, por el jardÃn; no tardó en asomarle a los labios una sonrisa amarga.
«¡Ando paseándome por aquà tan tranquilo, como un hombre dueño de su tiempo! ¡No me ocupo de los niños! Me expongo a las palabras humillantes del señor de Rênal; y tendrá razón.» Fue a toda prisa al cuarto de los niños.
Las caricias del más pequeño, al que querÃa mucho, le calmaron algo las escoceduras del dolor.