Rojo y negro

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Capítulo XI. Una velada

Yet Julia’s very coldness still was kind,

and tremulously gentle her small hand

withdrew itself from his, but left behind

a little pressure, thrilling, and so bland

and slight, so very slight, that to the mind

‘twas but a doubt.[13]

Don Juan, canto I, estrofa 71

Hubo, no obstante, que hacer acto de presencia en Verrières. Al salir de la rectoría, se encontró, por una afortunada casualidad, con el señor Valenod y le faltó tiempo para contarle su aumento de sueldo.

De vuelta a Vergy, Julien no bajó al jardín hasta que fue noche cerrada. Tenía el alma cansada de las emociones, tantas y tan fuertes, que lo habían desasosegado el día aquel. «¿Qué les voy a decir?», pensaba, intranquilo, al acordarse de las señoras. Distaba mucho de percatarse de que tenía el alma precisamente al nivel de esas circunstancias menudas de las que suele estar pendiente por completo el interés de las mujeres. Julien le resultaba con frecuencia ininteligible a la señora Derville, e incluso a su amiga; y, a su vez, no entendía sino a medias todo cuanto le decían ellas. Tales eran las consecuencias de la fuerza y me atreveré a decir que de la grandeza de los arrebatos de pasión que le trastornaban el alma a este joven ambicioso. En este ser peculiar había tormenta casi a diario.


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