Rojo y negro
Rojo y negro Al entrar aquella noche en el jardín, Julien estaba dispuesto a atender a los pensamientos de las lindas primas. Ellas lo estaban esperando impacientes. Se sentó, como solía, junto a la señora de Rênal. No tardó la oscuridad es volverse más profunda. Quiso coger una mano blanca que llevaba mucho rato viendo cerca de él, apoyada en el respaldo de una silla. Hubo cierto titubeo, pero al final la mano se apartó de una forma que indicaba enfado. Julien estaba dispuesto a darse por enterado y seguir alegremente con la conversación cuando oyó acercarse al señor de Rênal.
Julien tenía aún en los oídos las palabras groseras de por la mañana. ¿No sería acaso, se dijo, una forma de burlarse de aquel hombre tan colmado de todos los dones de la fortuna adueñarse de la mano de su mujer precisamente en su presencia? Sí, lo voy a hacer, yo, a quien ha demostrado tanto desprecio.
Desde ese instante, el sosiego, tan ajeno a la forma de ser de Julien, se alejó a toda prisa; ansió, sin poder pensar en nada que no fuera eso, que la señora de Rênal tuviera a bien dejar que le cogiera la mano.