Rojo y negro

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Capítulo XIII. Las medias caladas

Una novela es un espejo que alguien pasea a lo largo de un camino.

SAINT-RÉAL

Cuando Julien divisó las ruinas pintorescas de la antigua iglesia de Vergy, cayó en la cuenta de que llevaba desde la antevíspera sin acordarse ni una vez de la señora de Rênal. «El otro día, según me iba, esa mujer me recordó la distancia infinita que nos separa, me trató como al hijo de un operario. Seguramente quiso expresarme que se arrepentía de haberme dejado cogerle la mano la víspera… ¡Qué bonita es la mano esa, sin embargo! ¡Qué encanto y qué nobleza en las miradas de esa mujer!»

La posibilidad de hacerse rico con Fouqué prestaba cierta fluidez a los razonamientos de Julien; ya no los desvirtuaba tanto la irritación y la punzante sensación de que era pobre y ocupaba un escalón bajo desde el punto de vista de la sociedad. Subido a algo semejante a un promontorio elevado, podía emitir juicios y se hallaba, por así decirlo, por encima de la pobreza extremosa y de la holgura que él llamaba aún riqueza. Mucho le faltaba para enjuiciar su posición como un filósofo, pero tuvo la clarividencia suficiente para sentirse diferente tras ese breve viaje a la montaña.


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