Rojo y negro
Rojo y negro Una joven de dieciséis años tenía un cutis de rosa y se ponía colorete.
POLIDORI
En lo tocante a Julien, el ofrecimiento de Fouqué le había arrebatado, efectivamente, cualquier felicidad; no podía atenerse a ninguna determinación.
«A lo mejor, ¡ay!, me falta carácter; habría sido un mal soldado de Napoleón. Al menos —añadió—, esta intriga de poca monta con la señora de la casa me distraerá un poco.»
Por suerte para él, incluso en este menudo incidente subalterno, lo hondo de su alma respondía mal a esa forma de hablar desenfadada. Le tenía miedo a la señora de Rênal porque llevaba ese vestido tan bonito. El vestido aquel era, desde su punto de vista, la vanguardia de París. Su orgullo no quiso dejar nada al azar ni a la inspiración del momento. Ateniéndose a las confidencias de Fouqué y a lo poco que sobre el amor había leído en su biblia, se hizo un plan de campaña muy minucioso. Como, aunque no lo reconociera, estaba turbado, puso ese plan por escrito.
Al día siguiente por la mañana, en el salón, la señora de Rênal se quedó un momento a solas con él:
—¿No tiene más nombre que Julien? —le preguntó.
