Rojo y negro

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«Le dije que iría a su cuarto a las dos —se dijo levantándose—; puedo ser inexperto y patán, como le corresponde al hijo de un campesino, bastante me lo ha dado a entender la señora Derville, pero, al menos, no seré débil.»

Julien tenía razón cuando se congratulaba de su valor; nunca se había impuesto una obligación más penosa. Al abrir la puerta, temblaba tanto que se le doblaban las rodillas y no le quedó más remedio que apoyarse en la pared.

Iba descalzo. Se acercó, para escuchar, a la puerta del señor de Rênal y pudo oírlo roncar. Se quedó consternado. No había, pues, más pretextos para no ir al cuarto de ella. Pero ¡por Dios santo!, ¿qué iba a hacer allí? No tenía proyecto alguno y, aunque lo hubiera tenido, se sentía tan trastornado que no habría estado en condiciones de atenerse a ello.

Por fin, padeciendo mil veces más que si se hubiera encaminado a la muerte, entró en el pasillito que llevaba al cuarto de la señora de Rênal. Abrió la puerta con mano trémula y haciendo un ruido espantoso.

Había luz; una lamparilla ardía bajo la chimenea; no se esperaba esa nueva desgracia. Al verlo entrar, la señora de Rênal se levantó rápidamente de un salto.

—¡Desventurado! —exclamó.


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