Rojo y negro
Rojo y negro Un párroco virtuoso y sin intrigas es una Providencia para la población.
FLEURY
Es preciso saber que el párroco de Verrières, un anciano de ochenta años, pero que le debía al aire saludable de esas montañas una salud de hierro y un carácter no menos férreo, podía visitar a cualquier hora la cárcel, el hospital e incluso el depósito de mendicidad. Fue precisamente a las seis de la mañana cuando el señor Appert, que venía desde París encomendado al párroco, tuvo la sensatez de llegar a una ciudad pequeña y curiosa. Fue en el acto a la rectoría.
Al leer la carta que le escribía el señor marqués de La Mole, senador de Francia y el propietario más rico de esa provincia, el padre Chélan se quedó pensativo.
—Tengo muchos años y aquí me quieren —se dijo por fin a media voz—. ¡No se atreverían!
Acto seguido se volvió hacia el caballero de París con una mirada en que, pese a su avanzada edad, brillaba ese fuego sagrado que anuncia la satisfacción por llevar a cabo una acción noble y un tanto peligrosa:
—Venga conmigo, caballero, y cuando estén delante el carcelero y, sobre todo, los vigilantes del depósito tenga a bien no manifestar ninguna opinión acerca de las cosas que veamos.
