Rojo y negro
Rojo y negro La palabra se le concedió al hombre para disimular lo que piensa.
PADRE MALAGRIDA
Nada más llegar a Verrières, se reprochó Julien lo injusto que habÃa sido con la señora de Rênal. «¡La habrÃa despreciado como a una pobre mujer si hubiera fracasado en su escena con el señor de Rênal! Sale adelante como un diplomático y yo simpatizo con el vencido, que es enemigo mÃo. Hay en mi comportamiento una pequeñez burguesa: ¡mi vanidad se escandaliza porque el señor de Rênal es un hombre! Ilustre y extensa corporación a la que tengo el honor de pertenecer; no soy sino un necio.»
El padre Chélan habÃa rechazado las viviendas que los liberales mejor considerados en la comarca habÃan rivalizado en ofrecerle cuando su destitución lo expulsó de la rectorÃa. Las dos habitaciones que habÃa alquilado estaban empantanadas con sus libros. Julien, queriendo demostrar a Verrières lo que vale un sacerdote, fue a buscar al aserradero de su padre una docena de tablas de abeto, que acarreó personalmente por toda la calle mayor cargándolas a la espalda. Le pidió prestadas unas herramientas a un antiguo compañero y no tardó en hacer una especie de estanterÃa en la que colocó todos los libros del padre Chélan.