Rojo y negro

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Capítulo IV. Un padre y un hijo

E serà mia colpa, se cosi è?

MAQUIAVELO[3]

«¡La verdad es que mi mujer tiene muy buena cabeza! —se decía al día siguiente, a las seis de la mañana, el alcalde de Verrières según bajaba hacia el aserradero de maese Sorel—. Por más cosas que le haya dicho, para conservar la superioridad que me corresponde, no se me había ocurrido que si no me quedo yo con ese curita Sorel, que, por lo que dicen, sabe latín como un ángel, al director del depósito de mendicidad, ese espíritu inquieto, se le podría ocurrir efectivamente la misma idea que a mí y quitármelo. ¡Con qué tono de suficiencia hablaría del preceptor de sus hijos!… Ese preceptor, cuando me pertenezca, ¿llevará sotana?»

El señor de Rênal estaba absorto en esa duda cuando vio de lejos a un aldeano, un hombre de cerca de seis pies, quien, ya desde al alba, parecía muy atareado midiendo unas piezas de madera que estaban, a lo largo de la corriente del Doubs, en el camino de sirga. El aldeano no pareció alegrarse mucho al ver que se acercaba el señor alcalde, pues las piezas de madera no dejaban pasar por el camino e infringían las ordenanzas.


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