Rojo y negro
Rojo y negro —Eso mismo, mi joven señor. El signor Giavannone me dijo: «Caro, lo primero una pizquita de compromiso». Firmo, y me da tres ducados. Nunca habÃa visto tanto dinero junto. Luego me dijo lo que tenÃa que hacer.
»Al dÃa siguiente, le pido audiencia al terrible signor Zingarelli. Su viejo ayuda de cámara me hace entrar.
»—¿Qué me quieres, mala pieza? —dice Zingarelli.
»—Maestro —le digo—, me arrepiento de mis culpas; nunca saldré del conservatorio saltando la verja de hierro. Y voy a ser cada dÃa más aplicado.
»—Si no me diera miedo estropear la voz de bajo más hermosa que he oÃdo nunca, te encerrarÃa a pan y agua quince dÃas, ¡granuja!
»—Maestro —seguà diciendo—, voy a ser el modelo de toda la escuela, credete a me. Pero le pido una gracia: si alguien viene a pedirme para que cante fuera, no me ceda a nadie. Se lo ruego, diga que no puede.
»—Y ¿quién demonios quieres que venga a pedir a un bribón como tú? ¿Iba a permitir yo nunca que te fueras del conservatorio? ¿Me estás tomando el pelo? Lárgate, lárgate —dijo, intentando darme una patada en el c…— porque, ¡ojo!, que te pongo a pan solo y te encierro.
»Una hora después, el signor Giovannone llega a ver al director: