Rojo y negro
Rojo y negro Julien alzó la vista con esfuerzo y, con voz que los latidos del corazón tornaban trémula, explicó que quería hablar con el padre Pirard, el director del seminario. Sin decir palabra, el hombre negro le indicó con una seña que lo siguiera. Subieron dos pisos por unas escaleras anchas con barandilla de madera y peldaños deformados que estaban completamente vencidos por el extremo opuesto a la pared y parecían a punto de derrumbarse. Al portero le costó abrir una puertecita, sobre la que había una gran cruz de cementerio, de madera de pino pintada de negro, y lo hizo pasar a una habitación oscura y de techo bajo y paredes encaladas que adornaban dos cuadros grandes que el tiempo había ennegrecido. En ella se quedó solo Julien; estaba aterrado, el corazón le latía con violencia; le habría gustado atreverse a llorar. Un silencio de muerte reinaba en todo el edificio.