Rojo y negro
Rojo y negro Desde el punto de vista de esos compañeros, era reo probado de este espantoso vicio: pensaba y opinaba por su cuenta, en vez de ir ciegamente en pos de la autoridad y el ejemplo. El padre Pirard no le había sido de ayuda alguna; no le había dirigido la palabra ni una vez fuera del tribunal de la penitencia, donde también, más que hablar, escuchaba. Muy diferente habría sido la cosa si hubiera escogido al padre Castanède.
En cuanto Julien se percató de su insensatez, dejó de aburrirse. Quiso conocer el daño en toda su extensión y, a tal efecto, dio un tanto de lado aquel silencio altanero y obstinado con que apartaba a sus compañeros. Entonces fue cuando se vengaron de él. Se insinuó, pero lo recibieron con un desprecio rayano en la burla. Reconoció que, desde que había llegado al seminario, no había habido ni una hora, sobre todo en los recreos, que no le hubiese acarreado consecuencias favorables o contrarias y en que no hubiera incrementado el número de sus enemigos o no se hubiera conciliado la simpatía de algún seminarista sinceramente virtuoso o algo menos zafio que los demás. Los daños por reparar eran gigantescos y la tarea harto difícil. A partir de ese momento, Julien estuvo siempre alerta; tenía que marcarse una forma de ser completamente nueva.