Rojo y negro
Rojo y negro Cunctando restitutuit rem.[5]
ENNIO
—Contéstame sin mentir, si es que puedes, maldito leedor: ¿de qué conoces a la señora de Rênal y cuándo has hablado con ella?
—Nunca he hablado con ella —contestó Julien—. Nunca he visto a esa señora salvo en la iglesia.
—Pero la habrás mirado, so descarado.
—¡Nunca! Ya sabe que en la iglesia solo veo a Dios —añadió Julien, con una pintilla hipócrita muy adecuada, según él, para alejar el regreso de los cachetes.
—Pues algo hay detrás de todo esto —replicó el avispado aldeano; y calló por unos momentos—; pero no será por ti por quien me entere, maldito hipócrita. Por cierto, voy a verme libre de ti y eso que saldrá ganando mi aserradero. Te has metido en el bolsillo al señor párroco, o a cualquier otro, y te ha conseguido un buen puesto. Ve a recoger tus cosas y te llevo a casa del señor de Rênal, donde vas a ser el preceptor de sus hijos.
—Y ¿cuánto me van a dar por eso?
—Mantenido, vestido y trescientos francos de sueldo.
—No quiero ser criado.
