Rojo y negro

Rojo y negro

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—Y ¿quién te habla de ser criado, borrico? ¿Iba a querer yo que un hijo mío fuera criado?

—Pero ¿con quién voy a comer?

Esta pregunta desconcertó a Sorel, notó que si hablaba de eso podría cometer alguna imprudencia; se enfadó con Julien, lo colmó de insultos, acusándolo de glotonería, y se fue a consultar a sus otros hijos.

Julien no tardó en verlos, apoyados ambos en su hacha, y deliberando. Tras mirarlos un buen rato, Julien, al ver que no podía intuir nada, se fue del otro lado del aserradero para evitar que lo pillasen por sorpresa. Quería pensar en esa noticia imprevista que le cambiaba el destino, pero se notó incapaz de prudencia; se le iban todos los pensamientos a imaginar lo que vería en la espléndida casa del señor de Rênal.

«Hay que renunciar a todo eso —se dijo— antes que someterse a comer con los criados. Mi padre querrá obligarme; antes muerto. Tengo ahorrados quince francos con cuarenta céntimos; esta noche me escapo; dentro de dos días, por atajos en los que no tengo que temer encontrarme con ningún gendarme, estoy en Besançon; allí me alisto de soldado y, si hace falta, me voy a Suiza. Pero entonces se acabó cualquier progreso, se acabó para mi cualquier ambición, se acaba ese estupendo estado de sacerdote que es el camino para todo.»


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