Rojo y negro

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—Mi querido padre —le dijo el marqués tras despachar en cinco minutos todas las fórmulas de cortesía y todas las preguntas obligadas sobre los asuntos personales—, mi querido padre, atareado con mi supuesta prosperidad carezco de tiempo para ocuparme en serio de dos cosillas sin embargo bastante importantes: mi familia y mis asuntos. Cuido mucho la fortuna de mi casa, puedo hacerla llegar lejos; cuido mis placeres, y eso es lo que debe primar sobre todo lo demás, por lo menos desde mi punto de vista —añadió, al sorprenderle cierto asombro en la mirada al padre Pirard. Aunque hombre sensato, al sacerdote lo maravillaba ver a un anciano hablar con tanta sinceridad de sus placeres—. No cabe duda de que el trabajo existe en París —prosiguió el gran señor—, pero encaramado en un quinto piso; y, en cuanto tengo algo que ver con un hombre, se aposenta en el segundo piso y su mujer fija un día para recibir; y, en consecuencia, se acabó el trabajo, ya solo se esfuerza por ser, o por aparentar que es, un hombre de mundo. Eso es lo único que les importa en cuanto tienen pan.






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