Rojo y negro
Rojo y negro O rus, quando ego te adspiciam!
VIRGILIO[33]
—El señor viene seguramente a esperar la mala de ParÃs —le dijo el dueño de una fonda donde se detuvo a almorzar.
—La de hoy o la de mañana, me da lo mismo —dijo Julien.
La mala llegó mientras andaba fingiendo indiferencia. Llevaba dos plazas libres.
—¡Cómo! Eres tú, mi pobre Falcoz —dijo el viajero que venÃa desde Ginebra al que se estaba subiendo al carruaje al mismo tiempo que Julien.
—Te creÃa asentado por las inmediaciones de Lyon —dijo Falcoz—, en un valle gratÃsimo cerca del Ródano.
—Menudo asentamiento. Vengo huyendo.
—¡Cómo! ¿Huyendo? ¡Tú, Saint-Giraud! ¡Con esa cara de bueno has incurrido en algún delito! —dijo Falcoz riéndose.
—Pues, la verdad, más me valdrÃa. Huyo de la abominable vida que se lleva en provincias. Me gusta el frescor de los bosques y la tranquilidad del campo, como bien sabes; muchas veces me has acusado de ser un novelero. No querÃa oÃr hablar en la vida de polÃtica, y la polÃtica me expulsa.
—Pero ¿de qué partido eres?
