Rojo y negro

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Capítulo II. Entrada en sociedad

Recuerdo ridículo y conmovedor: ¡el primer salón donde, a los dieciocho años, nos presentamos solos y sin apoyos! La mirada de una mujer bastaba para intimidarme. Cuánto más quería agradar, más torpe era: tenía de todo las ideas más equivocadas; o me confiaba sin motivos o veía en un hombre un enemigo porque me había mirado con solemnidad. Pero por entones, entre los espantosos sufrimientos de mi timidez, ¡qué hermoso era un día hermoso!

KANT

Julien se quedaba parado, embobado, en pleno patio.

—Ponga una expresión sensata —dijo el padre Pirard—; ¡se le ocurren ideas horribles y luego no es sino un niño! ¿Dónde queda el nil mirari de Horacio? (Entusiasmo, nunca.) Piense que esa muchedumbre de lacayos, cuando lo vea ya afincado aquí, intentará burlarse de usted; verán en usted un igual, pero a quien han colocado injustamente por encima de ellos. Con una apariencia de campechanía, de buenos consejos y de deseos de orientarlo, intentarán que incurra en alguna patanería tremenda.

—¡Que lo intenten! —dijo Julien mordiéndose el labio; y recobró toda la desconfianza.


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