Rojo y negro

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Capítulo III. Los primeros pasos

Este valle inmenso repleto de luces resplandecientes y de tantos millones de hombres me deslumbra los ojos. Ni uno de ellos me conoce; todos son superiores a mí. Me da vueltas la cabeza.

REINA, Poemi dell’av

A la mañana siguiente, muy temprano, Julien estaba copiando cartas en la biblioteca cuando entró la señorita Mathilde por una puertecita excusada muy bien disimulada con lomos de libros. Mientras Julien admiraba este invento, la señorita Mathilde parecía muy asombrada y bastante contrariada por encontrárselo allí. A Julien le pareció que tenía, con los papillotes puestos, un aire duro, altanero y casi masculino. La señorita de La Mole tenía el arte secreto de robar libros de la biblioteca de su padre sin que se notase. La presencia de Julien convertía en inútil la expedición de esa mañana, circunstancia que la contrarió tanto más cuanto que venía a buscar el segundo tomo de La princesa de Babilonia de Voltaire, digno complemento de una educación eminentemente monárquica y religiosa, obra maestra del Sagrado Corazón. Aquella infeliz muchacha necesitaba ya a los diecinueve años un ingenio picante para que le resultase interesante una novela.


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