Rojo y negro

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Capítulo VI. El aburrimiento

Non o più cosa son, cosa facio.[7]

MOZART, Figaro

Con la viveza y el encanto que eran espontáneos en ella cuando estaba alejada de las miradas de los hombres, la señora de Rênal salía por la puerta acristalada del salón, que daba al jardín, cuando divisó, junto a la puerta de entrada, la silueta de un aldeano joven, casi un niño aún, palidísimo y que había estado llorando. Lleva una camisa muy blanca y, debajo del brazo, una chaqueta muy decente de ratina morada.

Aquel aldeanito tenía un cutis tan blanco y unos ojos tan dulces que a la imaginación un tanto novelesca de la señora de Rênal se le ocurrió de entrada la idea de que podía tratarse de una muchacha disfrazada que venía a pedirle algún favor al señor alcalde. Se compadeció de aquella pobre criatura, detenida en la puerta de entrada y que estaba claro que no se atrevía a alzar la mano hasta la campanilla. La señora de Rênal se acercó, distraída por un momento de la amarga pena que le causaba la llegada del preceptor. Julien, de cara a la puerta, no la veía llegar. Se sobresaltó cuando una voz suave le dijo muy cerca del oído:

—¿Qué busca usted aquí, hijo mío?


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