Rojo y negro
Rojo y negro En la escuela de teología, sus profesores se quejaban de su poca asiduidad, pero no por eso dejaban de considerarlo uno de sus alumnos más destacados. Estas diversas tareas, acogidas con todo el ardor de la ambición doliente, no habían tardado en dejar a Julien sin los lozanos colores que había traído de provincias. Su palidez era un mérito desde el punto de vista de los jóvenes seminaristas compañeros suyos; a él le parecían mucho menos ruines que los de Besançon y ellos creían que estaba enfermo del pecho. El marqués le había regalado un caballo.
Temeroso de que se encontrasen con él cuando montaba, Julien les había dicho que era un ejercicio que le recetaban los médicos. El padre Pirard lo había llevado a diversos círculos jansenistas. Julien se quedó asombrado; la idea de la religión iba inevitablemente unida en su pensamiento a la idea de la hipocresía y de la esperanza de ganar dinero. Admiró a esos hombres piadosos y severos que no piensan en los presupuestos. Varios jansenistas le cobraron afecto y le daban consejos. Se abría ante él un mundo nuevo. Conoció, en los ambientes jansenistas, a un tal conde Altamira que medía casi seis pies, un liberal condenado a muerte en su país y devoto. Ese curioso contraste, la devoción y el amor por la libertad, lo dejó impresionado.