Rojo y negro
Rojo y negro Se le puede reprochar, desde luego, al trato de provincias un tono vulgar o poco educado. Pero cuando le contestan a uno ponen cierta pasión. En el palacete de La Mole nunca hería nadie el amor propio de Julien, pero, al final del día, tenía ganas de llorar. En provincias, un mozo de café se interesa por nosotros si nos ocurre un accidente al entrar en dicho café. Pero si hay en el accidente algo poco grato para el amor propio, al tiempo que nos compadece repetirá diez veces la palabra que nos tortura. En París tienen la atención de reírse a escondidas, pero siempre es uno un forastero.
No mencionaremos una gran cantidad de incidentes de poca monta que hubiesen dejado en ridículo a Julien si no hubiera estado, hasta cierto punto, por encima del ridículo. Una sensibilidad desaforada le hacía cometer mil torpezas. Todo aquello en que se entretenía lo hacía por precaución: iba a disparar con pistola a diario, era uno de los alumnos más aprovechados de los más conocidos maestros de armas. En cuanto podía disponer de un momento, en vez de emplearlo, como antes, en leer, se iba corriendo al picadero y pedía los caballos más viciosos. En los paseos con el profesor del picadero, casi siempre acababa en el suelo.