Rojo y negro

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Capítulo IX. El baile

El lujo de los atuendos, el brillo de las velas, los perfumes; ¡tantos brazos bonitos, tantos hombros hermosos! ¡Ramos de flores! ¡Melodías de Rossini que arrebatan, cuadros de Cíceri! ¡Estoy fuera de mí!

Viajes de Useri

—Está malhumorada —le dijo la marquesa de La Mole—, se lo aviso; resulta desconsiderado en un baile.

—Solo me duele la cabeza —contestó Mathilde con aire desdeñoso—; hace demasiado calor aquí.

En ese momento, y como para dar la razón a la señorita de La Mole, al anciano barón de Tolly le dio un mareo; no quedó más remedio que llevárselo. Se habló de apoplejía; fue un suceso desagradable.

Mathilde no hizo caso alguno. Tenía tomada la firme decisión de no mirar nunca a los ancianos ni a ninguna persona que se supiera que decía cosas tristes.

Bailó para eludir la conversación sobre la apoplejía, que, por lo demás, no era tal, pues dos días después volvió a aparecer el barón.

«Pero el señor Sorel no viene», se volvió a decir, después de bailar. Casi lo estaba buscando con la mirada cuando lo vio en otro salón. Hecho asombroso: parecía haber perdido el tono frío e impasible que le era habitual; ya no parecía un inglés.


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