Rojo y negro
Rojo y negro El lujo de los atuendos, el brillo de las velas, los perfumes; ¡tantos brazos bonitos, tantos hombros hermosos! ¡Ramos de flores! ¡MelodÃas de Rossini que arrebatan, cuadros de CÃceri! ¡Estoy fuera de mÃ!
Viajes de Useri
—Está malhumorada —le dijo la marquesa de La Mole—, se lo aviso; resulta desconsiderado en un baile.
—Solo me duele la cabeza —contestó Mathilde con aire desdeñoso—; hace demasiado calor aquÃ.
En ese momento, y como para dar la razón a la señorita de La Mole, al anciano barón de Tolly le dio un mareo; no quedó más remedio que llevárselo. Se habló de apoplejÃa; fue un suceso desagradable.
Mathilde no hizo caso alguno. TenÃa tomada la firme decisión de no mirar nunca a los ancianos ni a ninguna persona que se supiera que decÃa cosas tristes.
Bailó para eludir la conversación sobre la apoplejÃa, que, por lo demás, no era tal, pues dos dÃas después volvió a aparecer el barón.
«Pero el señor Sorel no viene», se volvió a decir, después de bailar. Casi lo estaba buscando con la mirada cuando lo vio en otro salón. Hecho asombroso: parecÃa haber perdido el tono frÃo e impasible que le era habitual; ya no parecÃa un inglés.
