Rojo y negro
Rojo y negro »Por otro lado, cuando la señorita de La Mole clava en mà esos ojos azules tan grandes con cierta expresión singular, el conde Norbert se marcha siempre. Me resulta sospechoso. ¿No deberÃa indignarlo que su hermana distinga a un criado de la casa? Porque he oÃdo al duque de Chaulnes referirse a mà asà —con aquel recuerdo, la ira ocupaba el lugar de cualquier otro sentimiento—. ¿Será gusto por la forma de hablar antigua lo que tiene ese duque maniático?
»¡SÃ, es guapa! —proseguÃa Julien poniendo ojos de tigre—. La conseguiré y luego me marcharé. Y ¡que tenga buen cuidado quien me estorbe en la huida!»
Esta idea se convirtió en lo único que interesaba a Julien; no podÃa pensar ya en nada que no fuera eso. Se le iban los dÃas como si fueran horas.
A cada momento, intentando dedicarse a algo serio, la cabeza se le ausentaba de todo, y despertaba un cuarto de hora después, con el corazón palpitante, el pensamiento turbado y soñando con esta idea: «¿Me quiere?».