Rojo y negro
Rojo y negro El jardín era muy grande y desde hacia pocos años tenía un trazado perfecto. Pero los árboles contaban con más de un siglo. Podía notarse allí un toque campestre.
MASSINGER
Iba a escribirle una contraorden a Fouqué cuando dieron las once. Hizo ruido con la cerradura de la puerta, como si se hubiera encerrado en su habitación. Fue con pasos cautelosos a ver qué sucedía en toda la casa, sobre todo en el cuarto piso, donde vivían los criados. No había nada de particular. Una de las doncellas de la señora de La Mole daba una recepción: los criados estaban bebiendo ponche muy animados. «Quienes se están riendo así —pensó Julien— no deben de formar parte de la expedición nocturna: estarían más serios.»
Fue, por fin, a apostarse en un rincón oscuro del jardín. «Si lo que tienen planeado es ocultarse de los criados, traerán por encima de las tapias del jardín a las personas encargadas de sorprenderme.
»Si el señor de Croisenois le pone algo de sangre fría a todo esto, seguramente le parecerá menos comprometedor para la joven con quien quiere casarse que me sorprendan antes de que entre en su cuarto.»
