Rojo y negro
Rojo y negro Su corazón no entiende al principio toda la extensión de su desgracia: se siente más turbado que afectado. Pero según le va volviendo la razón, nota cuán hondo es su infortunio. Desaparecen para él todos los placeres de la vida, no puede sentir ya sino las aguzadas puntas de la desesperación que lo desgarra. Pero ¿a qué hablar de dolor físico? ¿Qué dolor que solo note el cuerpo puede compararse con este otro?
JEAN-PAUL[62]
Estaba sonando la campana de la cena. A Julien solo le dio tiempo a cambiarse de ropa: halló en el salón a Mathilde, que insistía a su hermano y al señor de Croisenois para que se comprometiesen a no ir a pasar la velada en Suresnes, en casa de la señora mariscala de Fervaques.
Habría resultado difícil mostrarse más seductora y más amable con ellos. Después de la cena, se presentaron los señores de Luz y de Caylus y varios de sus amigos. Parecía que la señorita de La Mole había vuelto al culto de la amistad fraterna, el de la urbanidad más escrupulosa. Aunque hacía esa noche un tiempo delicioso, se empeñó en no salir al jardín; quiso que nadie se alejara de la poltrona en que estaba la señora de La Mole. El sofá azul fue el centro del grupo, como en invierno.
