Rojo y negro
Rojo y negro A la señora de Rênal le llamó la atención que hablaba más que antes con la señorita Élisa; supo que esas conversaciones se debÃan a las escaseces del limitadÃsimo guardarropa de Julien. TenÃa tan poca ropa blanca que no le quedaba más remedio que mandarla a lavar fuera con mucha frecuencia y para esos menudos menesteres le era Élisa de utilidad. Tanta pobreza, que no sospechaba, conmovió a la señora de Rênal; le entraron ganas de hacerle algunos regalos, pero no se atrevió; aquella resistencia interior fue la primera sensación penosa que le causó Julien. Hasta entonces, el nombre de Julien y la sensación de un gozo puro y del todo intelectual eran para ella sinónimos. Al atormentarla la idea de la pobreza de Julien, la señora de Rênal le habló a su marido de regalarle ropa blanca:
—¡Qué sandez! —le contestó él—. ¡Cómo! ¿Hacerle regalos a un hombre del que estamos completamente satisfechos y que nos sirve bien? En el caso de que se descuidase serÃa cuando habrÃa que estimular su diligencia.
A la señora de Rênal le pareció humillante esa forma de ver las cosas; no le habrÃa llamado la atención antes de la llegada de Julien. Nunca veÃa la extremada pulcritud del atuendo, muy sencillo por lo demás, del joven sacerdote sin decirse: «Este pobre muchacho ¿cómo se las arregla?».